—Si me muero, diles que siempre amé a mi familia y que nunca dejé de escribir.

Facundo se lo dijo a Fátima mirándola a los ojos, finalizando la cena, sabiendo que inmediatamente después recibiría una cachetada por su atrevimiento.

¡Plaf!

—No te atrevas a hablar así, mucho nos debes para que te vayas sin más. Déjate de tonteras y ayúdame con los platos.

Pero lo pensó bien antes de decirlo. La frase se le ocurrió, como siempre, en medio del trabajo alimenticio en el Banco, entre la póliza de Juan Benavidez Uscallata y el reclamo de cobro indebido de Guillermina Quispe Acencio. Clarito lo recordaba: “Voy a morir”, supo.

Las señales estaban allí, en sus pulmones. Cogió el bicho.

De camino a casa, ese día, recordaba que, en las catequesis del San Juan Bautista de La Salle, el hermano Marin les recordaba siempre que Dios era como el aire, estaba en todas partes y nada podía no estar con Él.

—Hermano, entonces ¿El Covid es algo así como Dios repartiendo castigo?

¡Plaf!

Podía sentir real el golpe que seguro le daría el hermano de La Salle, así, vistiendo en jean y con una camisa a cuadros, lejos de la imagen ensotanada del fundador de su instituto secular. Es más, luego de haberle dado el golpe, habría prendido un cigarro.

—Óyeme mocoso, no seas faltoso.

Eso le dijo una vez que se encontraron en la esquina de La Salle con la Goyeneche, por el 93. El religioso entró como profesor de religión al Muñoz Najar, que quedaba una cuadra más arriba y Facundo tenía amigos allí, a los cuales visitaba en la tarde, cuando salían y compartían del pico una botella de gaseosa barata mezclada con una aún más barata caña comprada por litro en la Sepúlveda y enamoraban a las chicas del Micaela Bastidas.

Al verlo, lo llamó y le ofreció la botella. Supuestamente no podría decirle nada, había terminado la secundaria en el San Juan el año pasado. Era un exalumno suyo y podía ofrecerle un trago.

—Vienes solo a malear a los muchachos. Cuando aprendas a ser hombrecito te aceptaré un trago.

No lo volvió a ver en esa esquina porque su enamorada, Fátima, estaba embarazada y se lo dijo ese día, cuando estaban en el parque de la vuelta y no aceptaba el vasito descartable con la bebida oscura, calenturienta y desagradable.

¡Plaf!

El golpe de su padre se escuchó a la par del grito de su madre. Hombres recios de contexturas resistentes eran ambos. En otra circunstancia seguro le metía su par de cabezazos y podía aspirar a ganar un round a su progenitor. Pero esa vez no. Aguantó un par de golpes más. Luego escuchó la frase cantada: “Así como fuiste hombrecito para embarazarla así deberás serlo para criar un hijo”.

Lo hizo. Empezó a trabajar en un taller mecánico y Fátima pasó el embarazo en casa de sus papás, hasta que pudieron alquilar un cuarto que olía a grasa de cerdo, en las alturas de Miguel Grau. Ella entró a trabajar en un puesto de ropa en el recientemente inaugurado Centro Comercial Siglo XX. Les fue bien, hasta que la criatura una noche tuvo complicaciones para respirar y murió a los dos días de neumonía.

Hereditario. Él también sufría de los pulmones. Fibrosis Quística.

Culpó a sus padres, descendientes casi directos de alemanes venidos en desgracia que recularon por estos pagos huyendo de la locura nazi. Fátima también descendía de polacos. Una casualidad inconcebible en tierra de mestizos como era Arequipa.

Igual siguieron viviendo juntos. Igual se buscaron en las noches por turnos para desfogar la ira que los consumía. Cómplices en la felicidad de seguir vivos y recordando aquello que los unía en la eternidad, tuvieron tres más. Hijos a los cuales cuidaban como oro.

¡Plaf!

Repitió el golpe, ahora dirigido a su hija. Dieciséis años y con ínfulas de modelo, que terminó engordando después del embarazo adolescente. Recuperó esbeltez, consiguió un tipo que la adoraba y se fue con él a los Estados Unidos. Era una culpa latente, ese golpe, la falta de paciencia, repetir el error, alejarse de sus padres y ahora también le tocaba. Fátima llorando la lejanía y culpándolo sin decirlo. 

—Pero, al final nunca me contestó ¿Este covid será un castigo de Dios o no?

Mientras hablaba con el hermano Marin, tosía como loco. Afuera hablaban de que llegaba el presidente Vizcarra. Él esperaba que sí, para decirle que los tenían como bultos, que no pagaban a los médicos, que las obstetrices eran las últimas del carro, que el balón de oxígeno costaba 6 mil lucas, que sentía la culpa consumiéndolo, que lo ayudara a regresar a su hija, que no era escritor pero escribió hasta el final, que leyera esas palabras porque hablaba las verdades de la pandemia, que convenciera a su esposa de publicar el libro luego de su muerte, porque ella no creía en él.  

Sus otros dos hijos estaban en la universidad estudiando ingenierías de minas y de industriales. El esfuerzo era grande. Ninguno de los tres desarrolló la enfermedad del primogénito. Suplicó a la hija extranjerizada que le haga la prueba al nieto y a los que siguieron. Nada. Una alegría futurista.

Cuando empezó la pandemia supo que moriría. Pero, no recibía señal alguna. Empezó a escribir sus memorias. Intento raro, ya que consideraba que su vida no era colorida, pero igual lo hizo, hasta se inventó pasajes para darle matiz y abordó el tiempo actual para darle contundencia. Al final le salió un texto extraño, que no iba a ninguna parte, con intentos de drama pero que no cuajaban o de humor negro, pero más claro, o así se lo hizo saber Medina, uno de esos chicos con los que paraba en la esquina de La Salle y que terminó siendo escritor. “Corrige como si de eso dependiera tu vida, allí te mando algunas observaciones”, le dijo en un mensaje de WhatsApp hace tres semanas.

¡Plaf!

Sonó el anillado en la mesa, cuando se lo entregó a su mujer un día después de la cachetada inicial.

—Hubo un escritor que escribió una gran obra para dejársela de herencia a su familia, no lo vas a confundir con el Chavo del 8, sus nombres se parecen. Si esto funciona recibirán algo de plata. Medina te ayudará a publicar esta novela. Aprovechen el drama de mi muerte, eso podría beneficiar la publicidad.

Fátima no dijo nada. Lloró en silencio esa noche, incapaz de poderle decir adiós mientras lo veía partir envuelto en frazadas en el carro manejado por uno de sus hijos.

La señal fue esa premonición en el banco. Las correcciones las hizo a conciencia mientras sus pulmones se llenaban de moco. Entregó el manuscrito a su Fátima junto al USB. En la noche estaba en una de las carpas del Honorio Delgado. Murió el día siguiente, por la tarde, después que el mandatario no llegara a verlos y supo que una mujer corrió detrás pidiéndole piedad por ellos, los estacionados en la cola de la vida o la muerte, luego que los escondieran para evitar que den mal imagen al Gobernador Regional.

—Hermano Marin, ¿por qué no me responde?

—Porque en realidad no estoy aquí y tú estás a punto de saber las grandes respuestas.

La novela se llamó: “Historia en cinco golpes”.

Fin

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *