Se quedó mirando las papas. Hasta que la vendedora la sacó de sus pensamientos.

—¿Va a llevar algo casera? O está contando los ojos de las papas.

La broma la hizo retomar la vida. Compró dos kilos, un pimiento grande, hierbas para el caldo y una bolsita de trigo reventado.

Pero no tardó en volverse a perder en sus pensamientos. Algo se le había pasado. Algo había olvidado.

Trató de recordar todo lo que hizo esa mañana: se levantó para preparar el desayuno para sus hijos. El menor se fue corriendo al colegio casi atragantándose con el pan con mantequilla, el del medio a la universidad y el primero: Tobías, seguía en la cama. De seguro en la noche había tenido fiesta, como casi todos los días en los últimos años.

No lo culpaba, era difícil no entender que cayera en desgracia si de la universidad lo botaron luego que su Papá se fuera y no lograran pagar las pensiones, la novia lo dejó, no consiguió trabajo y estaba de cachuelo en cachuelo.

Mentira. Ella sabía que se estaba disculpando para no enfrentar la cruda realidad de tener a un drogón en casa. Lo sabía y esa mañana recordaba clarito como al entrar a su cuarto vio los papelitos de periódico dispersos por todo lado, las colillas de cigarro con los palitos partidos de fósforo adentro, el olor nauseabundo, el encendedor de plástico barato ya vacío de gas y las pepitas de la mariguana por todo el piso.

Pero eso no le había despertado la alerta.

Trataba de recordar cada paso suyo en esa mañana, pero nada, Trató de ir un poco más atrás, a la noche anterior, pero recordaba que había dado de comer a las mascotas, entró la ropa que ya estaba seca en los tendederos y se acostó sin mayores dramas, sabiendo que en algún momento de la noche llegaría su hijo, con pasos tambaleantes y creyendo que no hacía ruido al dirigirse a sus habitaciones. Nada fuera de lo común. Pero ese encendedor no quería salirse de sus recuerdos.    

Hasta que, en el puesto de abarrotes, al comprar los condimentos secos y el arroz recordó. La manguera del gas tenía una fuga. En la mañana lo sintió clarito y no había conseguido llamar al Panito, el gasfitero del barrio para que se lo arregle, como medida bajó la llave y tapó con un trapo húmedo.

Eso era, suspiró aliviada. Pero, a la mitad de la exhalación recordó que esa mañana no le había dicho nada a su hijo ni advertido sobre el problema, por las apuranzas de salir de casa. El terror empezaba a impulsarla a correr hacia su casa, ubicada a dos cuadras del mercadillo. Y es que Tobías tenía la costumbre pastrula de fumar un porro por la mañana, casi obligatoriamente y luego se calentaba la comida que encontrara.

A mitad de la carrera volvió a recordar que el encendedor de su hijo estaba vacío y que ella se trajo la única cajita de fósforo que había en casa. Se tranquilizó un poco y empezó a caminar un poco más sosegada. No había terminado las compras, pero se las podía arreglar con lo que hubiera. De repente hasta aprovechaba y hablaba con su vástago para intentar una vez más que se interne con los hermanos de la casa de recuperación. De pronto recordó clarito que le estaba incomodando del encendedor de su hijo: era recargable y Tobías lo hacía con el gas del balón de la cocina.

En medio de su carrera empezó a rogar a todos los santitos para que no se le ocurriera a su vástago encender nada y menos en la cocina, cuando al voltear la esquina la explosión la hizo caer de espaldas. Estuvo ida y muda hasta que volvió su hijo del medio, alertado por los amigos del vecindario. Recién allí se rompió el dique de lágrimas que nunca pararían.         

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