Era junio a eso de las dos de la tarde. La hora de salida del colegio pasó, aún para los de secundaria. El niño estaba respirando con fuerza. Los mocos le salían aún. No dejaba de sollozar. La camisa estaba salida de sus pantalones y manchada de rojo. Se limpiaba con el brazo las lágrimas que resbalaban por su rostro de seis años.

La madre llegó apurada. Estudiaba en la universidad cercana al colegio de su pequeño, pero salía tarde de clases. La angustia siempre la acompañaba en esas pocas cuadras. No saber con qué nuevo problema se encontraría, la aturdía. Todo ese primer tramo del año se la pasó tratando de entender cómo su mundo se destruyó de la noche a la mañana e intentaba reconstruir lo que podía con los pedazos de alma que le restaba.

Lo vio y supo que algo más grave pasó esta vez. Se paró asustada.

El niño al verla que se detuvo, avanzó hacia ella casi corriendo, pero al llegar cerca no abrió los brazos para recibir un abrazo salvador. Se paró en seco con una mirada de furia, impropia.

—¡Ya no aguanto este colegio! todos me odian, me cansé, quiero irme, el Jorge me molestó mucho hoy, tienes que sacarme mamá.

La madre no entendía nada, por la sangre sabía que hubo alguna pelea. La angustia la llenó por un instante pensando que eso faltaba para coronar sus desgracias, que expulsaran a su hijo. Recordó en un segundo cuanto con su ahora ex esposo lucharon una vacante. El año pasado por esas fechas, el pequeño Martín dio su examen de conocimiento y, la semana siguiente, pusieron en una pizarra los resultados. Ella empezó desde abajo la lista y no lo encontró. Su marido contaba jactancioso que él sabía en qué lugar estaba, así que solo miró los tres primeros puestos y allí estaba el nombre de su vástago, en segundo lugar. Pero ahora ese gran logro se estaba desmoronando.

—Hijito ¿Qué pasó? tranquilízate —le dijo mientras trataba de abrazarlo, pero el niño no se dejaba.

—¿Tanto sangraste?, ¿tienes alguna herida?

—No, es más la sangre del otro.

Algo la distrajo. María, una de las mamás con las que hizo buenas migas en esos meses, se acercaba.

—Maritza, tu hijo le ha pegado al mío, esto no puede quedar así me voy a quejar con el director.

Se quedó perpleja. Era “ese” Jorge, pero con mucho tendría hasta diez centímetros de altura más que su Martín. Para reafirmar lo dicho, allí estaba, detrás de su progenitora, pero llorando a viva voz con la camisa llena de sangre.

—Oye, María, estoy casada de que tu hijo junto con los de Claudia y Sofía anden insultando a mi hijo por su tamaño. No sé qué le ha dicho ahora tu hijo para que el mío reaccione así.

Lo que sí sabía era que desde que empezó el año, ese grupo de tres chicos atosigaban al suyo con insultos. El dolor la asaltó de nuevo. Martín no era así, era un chico extrovertido y alegre. Pero en la fiesta de fin de año su marido tuvo la conchudez de acostarse con una la enamorada de su propio hermano. Ella los descubrió en la cocina y se armó tremendo lío. No era la primera vez que la engañaba, pero esa fue la gota que derramó el vaso, suficiente para botar al susodicho y cortar palabra con la muchacha. El que resintió más el tema fue su pequeño, que de animoso chico que esperaba con ansias entrar a su nuevo colegio, se transformó en un ser callado y ojeroso por las lágrimas.

—Voy ahora a contarle al director lo que ha pasado, esto no se queda así, Maritza —dijo María y jalando del brazo a Jorge se encaminó hacia las oficinas de administración del colegio.

—Hijo, mírame, qué te dijo Jorge para que le pegaras así —preguntó. —Me dijo que era un enano sin padre, que por eso nadie me quería en la clase —respondió el pequeño, no aguantando las lágrimas de ira que le salieron mientras apretaba sus pequeños puños.

Maritza avanzó de la mano de su pequeño con rapidez hasta alcanzar a María, a la que obligó a voltear.

—María, te conté lo de mi marido solo a ti, por lo visto lo has dicho a las demás y a tu hijo, porque le ha dicho a Martín que es un enano sin padre.

La otra mamá se quedó en una pieza. Miró a su hijo indagando y, como este agachara la mirada, no supo que responder.

—La que va a ir a conversar con el director soy yo, nadie tiene por qué denigrar a mi hijo, que me esté separando de su padre no es motivo para que lo insulten ¡Muévete!

—¡Espera! No sabía que le dijo eso, debe haber escuchado cuando hablaba con mi esposo de ti. Sí, no debí hacerlo, pero… bueno, dejémoslo mejor allí, Maritza, tampoco es que quiero hacerles daño, podemos olvidarnos de esto, seguir siendo amigas, disculpa a mi Jorge, a veces no sabe callarse. No volverá a pasar, te lo prometo.

Maritza piensa un momento.

—Está bien, pero de ahora en más diles a las chicas que sus hijos no se metan con Martín.

En el carro de retorno a la casa, madre e hijo viajan callados, sumergidos en sus sentimientos.

—Mamá… no quise pelearme, lo siento.

Maritza pensó un momento la respuesta. Intuía que para un niño varón lo que dijera marcaría su carácter de muchas maneras.

—Era más grande que tú y quedó peor ¿No?

El niño sonrió un poco.

—Sí mamá, no sé cómo le hice, pero no me deje.

—No hijo y nunca te dejes maltratar por nadie, pero a golpes no se soluciona nada.

—Sí, tienes razón.

Al otro día, Jorge, en la hora de recreo invitó a Martín la mitad de su manzana. A la salida, con los otros chicos, jugaron a la pelota hasta que los recogieron sus madres.  

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