La idea de estar cincuenta metros bajo tierra no me agrada, pero no puedo negar que Harry se esforzó demasiado en darnos todas las comodidades en este búnker.

Estamos en algún punto de las praderas en Kansas. Esto que fuera un silo de ochenta metros de profundidad, ahora es un hotel cinco estrellas. El dueño lo pensó para un ataque ruso o de Medio Oriente, un golpe de estado, incluso para un apocalipsis zombie. Al final lo usamos para esperar que pase la pandemia del covid.

Es noviembre y entramos aquí en mayo, cuando Inteligencia de Estado advirtió que esto duraría dos años, antes de que se pudiera vivir con normalidad y no como perros con bozal. 

“Somos setenta los refugiados, pero casi ni convivimos, cada departamento cuenta con todas las comodidades con dormitorios, cuartos de baño, cocina, comedor, dos salas de estar con televisores, para evitarnos el matarnos por el control, preciosa, guiño, guiño”. La voz de Harry no me sale, trato de imitar su acento tejano, pero nada.

En su propia vanagloria, Harry no previó que podríamos necesitar medicamentos o respiradores como para todos, solo hay unos cuantos. Hay 3 camas hospitalarias, pero no los suficientes medicamentos para todos en caso de emergencia. Ser técnica en enfermería me ayudó a realizar el cálculo en la visita guiada por los sectores de almacén y centro médico. Es más, el único doctor certificado que tenemos es el viejo Humper Smith, que hace años no ejerce en algún centro. Pero Henry dijo que no es necesario, que ante cualquier emergencia se puede salir e ir a un centro médico especializado.

A estas alturas es imposible, por las noticias sabemos que en el mundo han colapsado los sistemas médicos, por más dinero que se tenga, se están muriendo todos. Nos ha pedido cuidarnos con suma prioridad. “Así que no abuses de los chocolates Godiva, preciosa, guiño, guiño”

Mi marido, Maurice Di Agostini, es multimillonario, petrolero y machista. El gusto por la piel canela hizo que perdiera la cabeza por mis curvas hace unos años y se casó conmigo. Que me mantenga joven y radiante para que pueda lucirme es parte de este maldito trato. Pudo traer a su amante de turno y desecharme, pero quiso guardar las fórmulas. Una vez que terminé mi cuarentena y me hicieron las pruebas moleculares, nos vinimos todos aquí, a un paraíso donde el caviar y la langosta congelada se nos sirve cada día en una ficticia cena, llena de alegría y música de Taylor Swift, en el salón Lincoln.

Ya tiene otra amante. Recuperó los derechos adquiridos hace años sobre la mujer de Harry y se ven a escondidas en los almacenes, previo pago al conserje. También tengo dinero, suficiente para sobornar al guardia de las cámaras de seguridad y suficiente para que no dijera nada, a cambio de algo más, claro. Fue repugnante.

Hace tres semanas decidí que esta pantomima terminara, pero me di cuenta, cuando Maurice estampó la palma de su mano en mi cara, que estaba presa. Aquí nadie saldría en mi defensa, todos tienen miedo a salir afuera o que algo interrumpa la ficticia convivencia. Me terminarían echando a mi sola. Eso hubiera querido y aceptado antes del golpe, ahora solo quiero que mueran y en eso me ayudará el aliento que siempre mi dio mamá para salir adelante.

Ella nunca quiso esta vida para mí, pero aceptó que cometiera mis propios errores, aunque significara un matrimonio a luces por conveniencia. Cuando llegó el virus a su ciudad cayó enferma y fui a auxiliarla, pero fue tarde. Murió en mis brazos. Pero pude atrapar un poco de su aliento en una ampolleta vacía de ceftriaxona con algodón dentro, como es costumbre en mi país, antes que me arrancaran de su lado y me metieran en cuarentena obligatoria. No pude enterrar sus restos. Acepté que la cremaran. En su infierno salvadoreño, seguro me estará maldiciendo.

Hace dos semanas abrí y aspiré su último aliento. Pensé que moriría, pero en algo sirvió mi juventud. Fuera de no sentir sabores ni olores una semana, algo de cansancio y dos días de fiebre que pasé con paracetamol, no di mayores indicios del contagio. En este tiempo he estado derramando mi saliva por cuanto lugar he podido, en especial en la bebida de mi marido y en las de su amante y en la comida de todos en la cocina.

Hace dos días varios de los ricos enjaulados no estaban en las mesas de la cena; al preguntar, el nerviosismo de los de seguridad y la cara de Harry, me avisaron que algo estaba mal. La desesperación empezará pronto. Maurice tose en la habitación de al lado… no hay problema, subiré el volumen de la serie de Netflix, mientras me sirvo algo del refrigerador bien pertrechado que tenemos. “Servicio de calidad, preciosa, guiño, guiño”.

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